Nos explica Fritjof Capra en su libro The Hidden Connections que una de las propiedades emergentes de los sistemas vivos es la sostenibilidad de la trama de la vida a lo largo del tiempo más allá de los individuos particulares. La materia pasa, los patrones o patterns y los procesos permanecen. Una de las claves para que esta emergencia tenga lugar es que las partes que componen el sistema no maximizan su beneficio propio sino que optimizan los procesos del conjunto. La cooperación entre especies -voluntaria o involuntaria- y la asociación son propias de este patrón en red que es la vida.
La especie humana, una excepción a esta regla
Todos conocemos a personas que sólo se preocupan por obtener el máximo beneficio para ellas, sin importarle a quien o a qué perjudican. A este colectivo y en diferente grado pertenecen los “trepas” sin escrúpulos en el trabajo, las que aparcan el coche en los pasos de cebra, los que educan a sus hijos para ser los más competitivos que no competentes, los que venden vacunas para enfermedades inventadas, las que se saltan la cola del pan, los que frenan las energías renovables y el futuro de nuestros hijos a cambio de un asiento en un consejo de administración, los que patentan la vida para hacer negocio, las corruptas de la política, los dictadores, los que comercian con armas y con la vida de las personas…
Son una minoría pero están presentes en todos los ámbitos y en todos los colores políticos. Utilizan el miedo, la coacción y la violencia física o psicológica para imponerse. Se rodean de acólitos que persiguen el mismo fin y que saben que algún día serán recompensados por su fidelidad. Se buscan, tienden a perpetuarse y a reproducirse -literalmente- entre ellos y ellas. Se consideran una clase superior y no les importa pisar a los demás o saltarse la ley para salirse con la suya. Llevan en su sangre el gen de la codicia y la maldad. ¿Por qué los humanos, a diferencia de otras especies- hemos seguido esta pauta evolutiva que no nos lleva a ninguna parte?
Dos posibles causas de este error evolutivo
La primera tiene un carácter puramente biológico. A lo largo del millón de años de evolución de nuestra especie los especímenes con este tipo de comportamiento competitivo y excluyente han ido prevaleciendo sobre los que buscan el bien común y la cooperación. La violencia es un rasgo propio de estas personas, y mientras esta sea más fuerte que el conocimiento y la compasión no habrá nada que hacer si no es llegar a una revolución sangrienta desesperada. Afortunadamente no caben dos gallos en un gallinero y la densidad mundial de “malas” personas es limitada. Sin embargo, las comunicaciones globales permiten a estos pocos gallos organizar el gallinero mundial de la codicia.
La segunda tiene que ver con la biodiversidad social. Defiende Fritjof Capra -y parece lógico- que a mayor biodiversidad, mayor robustez, resiliencia y estabilidad de la red y el ecosistema. En el caso de una organización social como la nuestra la diversidad no consiste en especies diferentes sino en ideas diferentes que es lo que se transmite y que forma nuestra trama organizativa. Es el proceso de comunicación. En los últimos 50 años la globalización y la similitud de los sistemas educativos industriales nos está acercando peligrosamente a la idea de pensamiento único universal que conlleva una fragilidad extrema del ecosistema. Todo lo que huela a diferencia o a fomento del espíritu crítico es eliminado sistemáticamente y los media controlados por este colectivo moldean las mentes para allanar su codicioso objetivo.
¿Tiene el problema solución?
Nada me gustaría más, pero me temo que no existe. Mi enfoque no es sociológico, no es de pataleta ni de rechazo a las instituciones políticas, a la OMC, al FMI o a Monsanto como he hecho en otros posts. Es más bien biológico. Creo que en nuestra trayectoria evolutiva algo ha fallado, como falla el diseño del nervio de la laringe en la jirafa gráficamente explicado aquí por @RichardDawkins. Tal vez sea un acceso prematuro a la tecnología, tal vez la exclusión de las mujeres, la aparición del habla, el tamaño de nuestro cerebro,… quién sabe. El hecho es que hemos evolucionado demasiado rápido y en la dirección equivocada, introduciendo componentes artificiales que han dado al traste con el diseño evolutivo propio de Gaia que ha funcionado durante millones de años.
Y es cierto, hemos introducido tecnología social como las leyes para tratar de modular o compensar esta evolución, pero hasta ahora no parece haber sido una estrategia exitosa. La violencia y el terror siguen siendo los vectores de evolución de nuestra especie. Siempre ha habido y siempre habrá malas personas, y lo que en la naturaleza serían comportamientos aberrantes son hoy lugares comunes de nuestra sociedad, y lo peor de todo, a pesar de los miles de años de pensamiento y vida en común, o tal vez precisamente por eso, no disponemos todavía de de herramientas para combatirlas.
Actualizaciones
Interesante aportación a TED del plutócrata Nick Hanauer sobre la necesidad de disponer de una clase media como motor de crecimiento para evitar trágicas revoluciones posteriores.
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